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Lej
Lejá
D"s le
prometió a Abraham, nuestro patriarca, que le dará la tierra
de Israel a sus hijos. Este le preguntó: "¿cómo conoceré
que la he de heredar?".
No debemos entender este versículo como "Preséntame una
señal concreta de que me darás la Tierra de Canaán, porque
si no lo haces no Te creo"; sino, por el contrario, como
"¿Es que acaso mis méritos son tantos que yo realmente
merezco una recompensa tan magnífica?"
Pero si nosotros nos atenemos a la expresión del Midrash,
descartando la primera posibilidad, nos resultará incomprensible
la respuesta del Santo Bendito Sea:
Sabe con toda seguridad que tu simiente será extranjera en
tierra ajena, donde la reducirán a servidumbre y la oprimirán
cuatrocientos años.
Parecería que si la pregunta hubiera sido hecha de buena fe,
no tenía porqué implicar un castigo tan tremendo e injusto.
Intentaremos allanar esta dificultad con una parábola muy
cortita. Un médico aceptó tratar un enfermo grave. Lo auscultó,
lo diagnosticó y le recetó una serie de remedios. El enfermo,
que era un hombre de cierta cultura, le pidió entonces:
Por favor.
Explíqueme usted ahora en detalle y en forma precisa qué es
lo que tengo y cómo obrarán en mí todos esos remedios. Cuando
lo haya entendido me sentiré mejor, más seguro y más fuerte.
Esa seguridad ayudará a mi curación. Del mismo modo, Abraham
se desesperaba:
¿Cómo es posible
que una cosa tan atroz como el destierro pueda ser el medio
de alcanzar la Tierra de Canaán?
A lo que D"s
le explicó, como el médico del cuento:
...Tu simiente
será extranjera en tierra ajena... y después de esto... saldrán
con gran riqueza.
Ya lo dice
la Guemara en el tratado de Berajot:
El pueblo de
Israel recibió tres magníficos regalos, pero tiene que sufrir
mucho para disfrutar cada uno de los tres. Son la Torá, la
tierra de Israel, y el mundo que vendrá.
A lo que agrega
el Midrash:
Así como Yo
los haré esclavos, así les daré la libertad. El trabajo forzado
obrará con ellos respecto de la tierra de Israel como los
remedios amargos obran sobre el organismo enfermo para devolverle
la salud.
No
despreciemos el sacrificio. ¡Vale la pena!
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