Miketz

El faraón de Egipto tuvo el famoso sueño de las vacas y espigas. Iosef se lo decifró y dijo: "Y ahora busque el faraón un hombre entendido y sabio, y póngalo sobre la tierra de Egipto".

Iosef aconsejó al faraón designar un hombre sabio para dirigir la actividad de la recolección durante los siete años de abundancia y para comercializar el cereal más tarde. La idea fue del agrado tanto del rey como de la corte.

Quedan un par de dudas por resolver.

1. Cómo se atrevió a Iosef a dar un consejo que nadie le había pedido?

2. Qué nos importa la opinión de los cortesanos del faraón? Es más que suficiente que éste apruebe la sugestión de Iosef.

Una parábola nos dará las respuestas.

Un joven príncipe se moría como consecuencia de una grave enfermedad. Los más importantes médicos del reino ya lo habían desahuciado. El rey, desesperado, pensando que ya no tenía nada que perder, hizo publicar proclamas por las cuales se anunciaba a todo aquel que creyera poder salvar al príncipe, que tendría entrada franca en el palacio, donde él mismo lo recibiría.

En la capital del país vivía un excelente médico que conocía los detalles de la dolencia que padecía el enfermo. Sabía también cómo curarla. Pero era un hombre poco conocido, tímido, y no se había atrevido hasta entonces a prestarse ante el rey. Sin embargo, al enterarse de la proclama, juzgó que debía cumplir con su deber. Se apersonó al palacio, donde lo hicieron pasar enseguida a la habitación del príncipe. Ver y estudiar el caso de cerca lo hizo confirmar su diagnóstico. Este médico sabía que lo que el paciente necesitaba era un medicamento muy barato y fácil de obtener, que se extraía de unas plantas que crecían por todas partes. Los galenos reales habían intentado curar al príncipe con varios tipos de costosísimos remedios, por lo que nuestro médico penso que se burlarían de él y de sus métodos simples, y, lo que era peor, que a raíz de ese desprecio al príncipe moriría. Ellos dirían: "Hemos probado salvar al muchacho con medicinas especialísimas y no conseguimos nada, y ahora viene éste y trata de curarlo con yuyos silvestres". Así que utilizó una estratagema para que el rey aceptara su proposición.

-Señor- dijo al rey- se me ha ocurrido que cierta antigua droga cuya fórmula conocen muy pocos, puede utilizarse en este caso. Pero necesito la ayuda de un químico de alto nivel para obtenerla. Se trata de extraer ciertas sustancias esenciales de algunas plantas y de mezclarlas después de un modo delicadísimo y perfecto, lo que requiere gran maestría. No cualquiera puede hacerlo. Si usted logrará conseguir un experto de primera categoría, un especialista en farmacología y botánica, el príncipe va a salvarse, y el hombre que componga la droga según mi indicación se hará digno de todos los honores.

Cada uno de los médicos que se encontraba presente pensó que era muy probable que el rey lo designara para prepara el maravilloso medicamento, por lo que todos se apresuraron a aceptar la proposición del recién llegado. Este se felicitó interiormente por el éxito que estaba obteniendo, y no se sorprendió demasiado cuando el monarca lo llamó para decirle:

-Si eres capaz de dirigir al que destile los elementos básicos y prepare la medica, no me cabe duda de que sabes hacerlo tu mejor que nadie.

Hasta aquí la parábola.

Iosef pensó:

-Hasta este momento no soy más que un esclavo, un preso de las cárceles de faraón. No puedo hablar ante los sabios y magos de la corte. Ni siquiera puedo aclarar al rey el contenido de sus sueños, que es sencillísimo. Sus sabios le han estado llenando la cabeza de toda clase de explicaciones estrafalarias y complicadas. Con toda seguridad se burlarán de mi y de todo lo que pueda yo decir.

Por eso les hizo suponer que el rey elegiría a uno de ellos -un hombre entendido y sabio- para administrador de los depósitos de cereales que supondrían valores millonarios para manejar. Cada uno de los cortesanos y ministros supuso entonces de sí mismo que él podía ser candidato para el puesto, y todos aprobaron al unísono la proposición del joven hebreo. Pero el faraón, consciente de que tenía ante sí al hombre perfecto para el cargo, declaró:

-Si el Señor hizo que supieras todo esto, ¡no hay entendido ni sabio como tú!

-Si el Señor te ha comunicado todas estas cosas... ¡Eres el más digno de desempeñar el cargo de virrey de Egipto!