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Molotchka, El Martillo
por Leah Dolinger

No soy un martillo viejo y común, soy parte de un juego de herramientas muy especial hecho en Leningrado para mi dueño Comrade Igor Pyatsky.
Comrade Igor era el Asistente Vice-Mayor y el Planificador en Jefe de la ciudad de Baku, un hombre muy importante, y yo estaba orgulloso de ser una de sus mejores herramientas. Yo fui el que dio el primer golpe sobre el hermoso granito que se usó para construir los museos de bellas artes y fue mi sonido sobre el metal el que convirtió la última estaca en nuevas vías de ferrocarril. Mi querido dueño terminó con toda esta gloria cuando él y su familia decidieron abandonar la Madre Rusia y mudarse a Israel. Inmediatamente perdió su empleo.
Poco antes de que Igor partiera, abrió la caja de herramientas y con lágrimas en los ojos dijo:
-Mis preciadas herramientas, debo dejarlas. La policía soviética no me permitirá llevarlas -dijo-. Pero a vos, querido Molotchka -dijo mientras me levantaba y me sostenía -a vos te voy a llevar de contrabando. No puedo dejarte.
Con amor, acarició a las otras herramientas y cerró la caja lentamente. Ocultándome en su pesado abrigo, me cargó durante la noche.

¡La vez siguiente que vi la luz, estaba en Israel! A pesar de que Igor nunca había tenido una educación judía, su corazón ansiaba vivir como un judío. ¡Una de las primeras cosas que hizo Igor fue usar su nombre hebreo que era Israel! De hecho, hasta yo recibí un nombre hebreo: "Patishka" porque patish significa martillo.

Israel y su familia se establecieron en un departamento temporario con muchos otros inmigrantes rusos y de a poco fueron haciendo amigos. Pero el ex Asistente Vice-Mayor y Planificador en Jefe de la ciudad no podía encontrar un empleo. Un día recurrió a un grupo especial de personas muy amables que se ofrecían a ayudar a los nuevos inmigrantes de Rusia:
-Miren -dijo-, voy a aceptar cualquier empleo. Tengo que traer pan a mi mesa. No tiene que ser en la planificación de la ciudad, estoy preparando para lavar platos, barrer pisos, sólo necesito una oportunidad -suplicó Israel.
Esa misma tarde, alguien de la organización llamó a su puerta.
-Tengo un trabajo para usted. Lo lamento mucho, no es realmente algo para un hombre como usted, pero al menos es un trabajo. La gente es buena, y bueno, tal vez lo considere.
-Voy a considerar cualquier cosa -dijo Israel-. ¿De qué se trata?
-Hay una ieshibá acá cerca; es una escuela especial donde los varones estudian Torá y se convierten en rabinos. Necesitan a alguien para limpiar las aulas por la noche. ¿Está interesado? Hasta que encuentre algo mejor, por supuesto -agregó.
Israel esbozó una gran sonrisa.
-¡Seguro de que estoy interesado! ¡Estoy interesado en cualquier trabajo honesto!

Y así, Israel Pyatsky se convirtió en el portero de la Ieshibá Najalat Tseví. ¡Y qué portero tan feliz era! La dulce música de estudio llenaba sus oídos todas las noches de la semana. Estaba tan agradecido de que ahora podía llevar alimento a su mesa.
Una noche, Israel oyó al Rosh Ieshibá (director de la ieshibá) y a sus alumnos hablando sobre la construcción de algo. "Construcción", pensó Israel para sí, "tal vez pueda ayudar al Rabí. Después de todo, en mi antiguo país, la construcción era mi negocio".

Golpeó en la puerta de la oficina. El Rosh Ieshibá lo miró y lo recibió con una sonrisa. Israel estaba un poco indeciso porque no estaba acostumbrado a hablar en hebreo, pero poco a poco, le explicó al Rabí que lo había oído hablar sobre la construcción.
-Seguramente lo puedo ayudar. Construir es mi oficio -dijo.
-Pronto será Sucot y estoy preparando la construcción de la sucá -dijo el Rosh Ieshibá. Entonces le explicó a Israel lo que era una sucá. Los ojos de Israel se iluminaron de alegría.
-Maravilloso -dijo-. Con un chico y mi confiable Patishka, le construiré la sucá más hermosa de la ciudad. Mañana vendré acá, justo después de mi clase de hebreo y nos pondremos a trabajar -anunció Israel mientras se arremangaba-. Sólo dígame, ¿cuántas personas deben entrar en la sucá?
Luego señaló al alumno que parecía el más alto y más fuerte y dijo:
-Mañana empezamos a trabajar, ¿está bien?
Con una gran sonrisa extendió su mano al Rosh Ieshibá y dijo: -¡Mazal Tob! -y con un saludo se dio vuelta y salió de la oficina.
Al día siguiente, fiel a su palabra, Israel llegó a la Ieshibá conmigo, Patishka, balanceándome satisfecho a su lado, una vez más. ¡Oh, qué contento que estaba! ¡Qué hermoso día sería! ¡Qué maravillosa sensación había en el aire! ¡Ese día, canté como nunca antes lo había hecho! ¡Soné en tonos claros, atrevidos y alegres, y todos los que pasaban por la Ieshibá se preguntaban qué acontecimiento tan grande estaba sucediendo! Sí, Israel y yo, Patishka, estábamos haciendo nuestra primera sucá. Sería una magnífica construcción.
Sería la más magnífica y la más linda que cualquiera de las constucciones sobre las que Israel haya martillado en Baku. ¡Esta sería la construcción más especial de todas! Cada clavo entraba derecho. Cada tabla se reforzaba apropiadamente. Las esquinas eran ángulos perfectamente rectos. Nada tambaleaba ni temblaba. Como toque especial hicimos un pequeño estante para libros y mientras construíamos la sucá junto con los alumnos, Israel preguntaba sobre Sucot y otros temas de Torá. De a poco, le fueron explicando más y más maravillas de la Torá.
Finalmente, la sucá terminada lució en los jardines de la Ieshibá.
-Esta es la sucá más hermosa que ví en mi vida -dijo el Rosh Ieshibá-. Pasaste largas horas trabajando en ella y todos te estamos muy agradecidos. Por favor, vení a mi oficina.
Cuando llegaron a la oficina y se sentaron, el Rosh Ieshibá comenzó a escribir un generoso cheque como pago por las horas extras de trabajo duro que Israel pasó construyendo la sucá. Luego, extendió el cheque a Israel con una sonrisa.
-¡Oh! no -dijo Israel -no voy a aceptar ni un centavo por construir la sucá. ¡Los chicos me han estado pagando al enseñarme Torá todos los días!
Pero el Rab insistió:
-¡Debe permitirme que le dé algo a cambio!
Israel pensó un momento y luego miró al Rab.
-¿Podría mi familia acompañarlos en la sucá? preguntó tímidamente.
-Por supuesto -dijo el Rab.
-Entonces, ese va a ser el pago más grande de todos -dijo Israel con lágrimas de gratitud en sus ojos -porque este va a ser el primer Sucot de nuestras vidas.
Y saben, algunos martillos son blanditos yo también lloré.

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