FORUM - Lo primero es la familia

Cierto mercader envió a su hijo a aprender el secreto de la felicidad junto a un sabio. El muchacho anduvo bastante tiempo por el desierto, hasta llegar a un castillo en lo alto de una montaña. Allí vivía el Sabio que el muchacho buscaba. Nuestro personaje entró en una sala y vio una actividad inmensa; mercaderes que entraban y salían, personas que conversaban por los rincones, una pequeña orquesta tocaba suaves melodías y había una mesa cubierta con los platos más deliciosos de aquella región del mundo. El Sabio conversaba con todos, y el muchacho tuvo que esperar dos largas horas hasta llegar a ser atendido.

El Sabio escuchó con mucha atención el motivo de la visita del muchacho, pero le dijo que en aquel momento no tenía tiempo de explicarle el secreto de la felicidad. Sugirió que el muchacho se diese un paseo por su palacio y volviera al cabo de otras dos horas. Mientras tanto quiero pedirte un favor, concluyó el Sabio, entregando al muchacho una cucharita en la que dejó caer dos gotas de aceite, mientras vas caminando, lleva esta cucharita sin dejar que se derrame el aceite.

El muchacho comenzó a subir y a bajar por las escalinatas del palacio, manteniendo siempre fijos los ojos en la cucharita. Al cabo de las dos horas, volvió a la presencia del Sabio. Entonces, preguntó el sabio, ¿viste las tapicerías de Persia que hay en mi comedor? ¿Viste el jardín que el Maestro de los jardineros tardó diez años en plantar? ¿Reparaste en los bellos pergaminos de mi biblioteca? El muchacho, avergonzado, confesó que no había visto nada. Su única preocupación era no derramar las gotas de aceite que el Sabio le había confiado. Vuelve, pues, y conoce las maravillas de mi palacio, dijo el Sabio. No puedes confiar en alguien si no conoces su casa. Ya más tranquilo, el muchacho tomó la cucharita y volvió a pasear por el palacio, fijándose esta vez en todas las obras de arte que pendían del techo y de las paredes. Vio los jardines, las montañas en derredor, la delicadeza de las flores, la exquisitez con que cada obra de arte estaba colocada en su sitio. Al regresar al lado del Sabio, relató con pormenores todo lo que había visto.

Pero… ¿dónde están las dos gotas de aceite que te confié? le preguntó el Sabio. Mirando hacia la cucharita, el muchacho se dio cuenta de que las había derramado. Pues este es el único consejo que tengo para darte, dijo el Sabio: El secreto de la felicidad está en mirar 'todas' las maravillas del mundo y no olvidarse nunca de las 'dos gotas' de aceite de la cucharita.

Esta semana comenzamos el segundo libro del Pentateuco: Shemot. Comienza el inicio de una nueva etapa en la historia: una época en la que nuestros antepasados dejan de ser 'individuos' y 'familias', para transformarse en un pueblo. Así es que cómo se forman las bases sólidas para un futuro mejor, comenta el Rab Hirsch, en primer lugar mejorando al individuo y luego plasmando esa elevación en la familia. De esta forma lo manifiesta el versículo: "A Egipto, cada hombre con su casa llegó". Hay dos gotas de aceite que no se nos pueden derramar nunca. Debemos contemplar las maravillas de la naturaleza y de todo lo que nos rodea, pero, la integridad de lo individual, de nuestra esencia, y la integridad familiar no deben ser descuidadas bajo ninguna circunstancia. Sin individuos fuertes y bien formados, sin familias bien constituidas, el futuro se pone muy difícil y la redención se torna lejana.

Quiera Hashem que podamos formarnos sólidamente como individuos y plasmarlo en nuestra familia para lograr la tan ansiada redención final. Amén. Felices vacaciones!
(Ariel)