FORUM - Encontrando la plenitud… (Parte I)

Cierto día, acaecía un gran alboroto en la plaza del pueblo, la gente andaba de un lado para el otro y los niños saltaban de banco en banco dando un marco festivo y acogedor. Todos, se preparaban para organizarle una despedida al más anciano de todos los habitantes de la ciudad... el anciano Simón. Él había decidido tomar otro rumbo, queriendo cambiar su vida, aunque… en el fondo esperaba no llegar a ningún lugar, sabiendo que no alcanzaría su meta, porque antes que lograra hacerlo, la muerte ya habría venido por él. Pero eso no era un impedimento, y no lo era porque Simón era un hombre de fe, y no importaba si llegaba o no, lo único que valía era el hecho de intentarlo.

La fiesta fue como cualquier otra fiesta 'de pueblo'... bailes, coros, canciones, recuerdos y relatos. Todo trascurría normal, pero como en toda despedida, llegó el momento de los discursos, el brindis y los abrazos que no habían de faltar. La primera intervención la hizo el intendente, que era la persona de más antigüedad y según el comentario de algunos, tenía la mejor oratoria de toda la región. "Amigo Simón" pronunció, calló por un momento y luego continuó: "Sepa usted que se lleva nuestro corazón, sepa también que todos los habitantes del pueblo aquí presentes lo respetamos y admiramos por su compañerismo y apoyo en los momentos críticos de nuestras vidas... aún recuerdo cuando ayudó a las familias nuevas; y cuando asistió a ese grupo de jóvenes en su primer emprendimiento laboral, si no hubiese sido por usted, y la experiencia que les aportó, estas familias y estos jóvenes por estos días serían presa del fracaso y la depresión..." Y así continuó hablando por largo rato.

Después de la intervención del intendente, vinieron muchas más que no viene al caso relatar, pero solo faltaba una, la de Dani, el pequeño hijo del carnicero. Los habitantes cansados por los 'largos discursos' no querían escuchar más y le pidieron al pequeño, que aplazara sus palabras para después, que ya era tiempo de descansar. El pequeño Dani sabía que no habría un después y pese a todas las exhortaciones para que no hablara, se subió sobre una mesa y expresó: "Apreciados amigos, quiero decirles que respeto la decisión de nuestro compañero Simón, pero no considero necesario ese viaje que piensa hacer... tal vez lo digo porque nosotros los niños no tenemos ese instinto de dejar lo nuestro por algo nuevo... para qué ir a lo desconocido y abandonar a los amigos... ¿para que? Cuando él fácilmente se puede quedar aquí con todos nosotros, pasando ratos agradables como los que hemos pasado hasta ahora. Pero como ya es una decisión tomada, solo me resta decirle que le deseo un feliz viaje y que tenga mucha suerte en lo que emprenda, y aquí lo estaré esperando para que cuando regrese pueda darle el mayor de los abrazos". Los habitantes se burlaron de tan ilusa apreciación, pero en su inocencia, Dani estaba dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario.

Los años pasaron y Dani era el más grande de todos los jóvenes, aún con su corazón de niño, mantenía la ilusión de ver llegar a su amigo Simón. Inclusive, de los habitantes que asistieron a la despedida de Simón solo quedaba él, porque algunos habían pasado a una mejor vida, y los demás emigraron a otros lugares. Una mañana de abril, Dani vio llegar a un anciano a la plaza del pueblo y corriendo fue a su encuentro... gran sorpresa se llevó cuando vio que era su amigo Simón, el abrazo que tiempo antes le había prometido no pudo faltar y después de un reconocimiento del mal estado en que se encontraba su antiguo compañero de pueblo, Dani le preguntó: "Simón, ¿Pudiste llegar al lugar que querías? ¿Cumpliste con tu sueño?" Y Simón le respondió: "Logré algo mejor... ¡logré llegar de nuevo a ti!"
Un relato para pensar… ¿ir o volver? ¿El más allá o el más acá? Seguimos la próxima…
Continuará… (Ariel)